IA

La inteligencia artificial está acabando con los móviles Android de 128 GB

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Durante años, los fabricantes de smartphones han vendido los 128 GB de almacenamiento como una cantidad suficiente para la mayoría de usuarios. Sobre el papel, parecía razonable: espacio para aplicaciones, fotos, vídeos, documentos y algunos juegos. Sin embargo, la llegada de la inteligencia artificial ejecutada directamente en el dispositivo está cambiando por completo esa percepción.

Google lleva tiempo defendiendo que muchas funciones de IA en Android deben ejecutarse de forma local, sin enviar todos los datos a la nube. Es una propuesta atractiva desde el punto de vista de la privacidad, ya que permite que tareas sensibles se procesen en el propio teléfono. El problema es que esa estrategia necesita algo que muchos móviles siguen ofreciendo de forma demasiado justa: almacenamiento interno.

Algunos usuarios de Android han empezado a comprobar que AICore, el servicio de Google encargado de gestionar modelos de inteligencia artificial en el dispositivo, puede ocupar más de 10 GB en los ajustes de almacenamiento. En ciertos casos, el espacio consumido llega a ser tan elevado que impide instalar nuevas aplicaciones sin borrar antes archivos, vídeos o apps.

La situación deja una pregunta incómoda: si la IA local es el futuro de Android, ¿tiene sentido que todavía se vendan móviles con solo 128 GB?

 

Qué es Android AICore y por qué ocupa tanto espacio

Android AICore es un servicio en segundo plano que gestiona los modelos de aprendizaje automático almacenados en el teléfono. Su función es permitir que determinadas características basadas en IA funcionen directamente en el dispositivo, sin depender siempre de servidores externos.

Este tipo de infraestructura puede utilizarse para funciones como la detección de estafas, la transcripción de audio, herramientas inteligentes de organización, búsquedas contextuales o experiencias como Pixel Screenshots en los teléfonos de Google. En otras palabras, AICore actúa como una especie de base técnica para que Android pueda ejecutar modelos de IA de forma local.

El problema es que estos modelos no son pequeños. A medida que las funciones de IA ganan protagonismo, también aumenta el espacio necesario para mantenerlas activas. Y no solo se trata del tamaño del modelo principal, sino también de cómo se actualiza.

Google ha explicado que, cuando el sistema actualiza un modelo local, AICore puede conservar durante un tiempo tanto la versión antigua como la nueva. Esta duplicación sirve como mecanismo de seguridad: si el modelo actualizado falla, el teléfono puede volver a la versión anterior sin tener que descargar de nuevo varios gigabytes.

Desde el punto de vista técnico, la decisión tiene sentido. Nadie quiere que una función de IA deje de funcionar por una actualización defectuosa. Pero para el usuario, el resultado puede ser frustrante: durante varios días, el teléfono puede tener ocupados muchos gigabytes adicionales por datos duplicados.

En un móvil de 256 GB, esta situación puede ser molesta. En uno de 128 GB, puede convertirse en un problema real.

 

El almacenamiento real de un móvil de 128 GB no son 128 GB

Uno de los grandes engaños involuntarios del almacenamiento móvil es que la cifra que aparece en la caja nunca coincide con el espacio real disponible para el usuario.

Un smartphone anunciado con 128 GB suele ofrecer alrededor de 119 GB utilizables tras el formateo. A esa cifra hay que restarle el espacio ocupado por Android, las aplicaciones preinstaladas, los servicios del sistema y las particiones necesarias para actualizaciones.

El sistema operativo puede ocupar fácilmente unos 20 GB. Si a eso se suma un pico temporal de AICore de más de 10 GB, el usuario puede quedarse con cerca de 90 GB reales para todo lo demás: fotos, vídeos, aplicaciones, juegos, música, mapas sin conexión, archivos descargados y cachés.

Y el uso actual de un smartphone no tiene nada que ver con el de hace unos años. Las cámaras graban vídeo en 4K, las aplicaciones de mensajería acumulan imágenes y clips, los juegos pesan cada vez más y servicios como Spotify, Google Maps, YouTube, TikTok, Instagram o WhatsApp guardan datos locales constantemente.

Ahora, además, los modelos de IA quieren convertirse en una carga permanente dentro del teléfono. Ya no hablamos solo de fotos y apps, sino de una nueva capa de software que necesita espacio propio y margen para actualizarse.

 

La IA local mejora la privacidad, pero exige más hardware

La ejecución de IA en el dispositivo tiene ventajas claras. Al procesar los datos localmente, el teléfono puede reducir la dependencia de la nube, ofrecer respuestas más rápidas en determinadas tareas y proteger mejor información sensible.

Es una dirección lógica para funciones relacionadas con llamadas, mensajes, imágenes personales, capturas de pantalla, transcripciones o análisis de contenido privado. En teoría, cuanto más pueda hacer el móvil sin enviar datos a servidores externos, mejor para el usuario.

Pero esta estrategia tiene un coste. Los modelos de IA necesitan almacenamiento, memoria, potencia de procesamiento y eficiencia energética. No basta con añadir una etiqueta de “AI phone” en la presentación del producto si el hardware base sigue siendo el mismo de hace años.

Durante las últimas generaciones, muchos fabricantes han puesto más énfasis en promocionar funciones de inteligencia artificial que en mejorar de forma significativa el almacenamiento mínimo de sus dispositivos. El resultado es una contradicción evidente: móviles vendidos como preparados para la era de la IA, pero con una capacidad base que empieza a quedarse corta.

 

Los 128 GB sobreviven por estrategia comercial

Los fabricantes saben perfectamente que 128 GB empiezan a ser justos. Sin embargo, mantener esa capacidad como punto de partida tiene una ventaja comercial evidente: permite anunciar un precio de entrada más bajo.

El modelo base con 128 GB ayuda a que el precio “desde” sea más atractivo, aunque muchos usuarios terminen pagando más por una versión superior. Es una forma de proteger el precio psicológico del producto sin asumir el coste de elevar el almacenamiento mínimo para todos.

Algunas marcas ya han empezado a moverse. Apple ha dado el salto a los 256 GB como punto de partida en su gama iPhone 17. Samsung también ha llevado los Galaxy S26 y Galaxy S26+ a una configuración base de 256 GB. OnePlus y Xiaomi llevan tiempo ofreciendo 256 GB en muchos de sus buques insignia.

Por eso resulta llamativo que Google siga vendiendo modelos como los Pixel 10 y Pixel 10 Pro con 128 GB de almacenamiento base. Si además se confirma que futuros modelos como el Pixel 11 mantienen esa capacidad inicial, la decisión será todavía más difícil de justificar en plena expansión de la IA local.

 

El problema no afecta solo a Google

Aunque AICore ha puesto el foco sobre Google, el problema es mucho más amplio. La inteligencia artificial local se está convirtiendo en una parte estructural del smartphone moderno, igual que el sistema operativo, el procesador de imagen de la cámara o los servicios de seguridad.

A medida que más fabricantes integren modelos propios en sus teléfonos, el almacenamiento ocupado por funciones inteligentes irá creciendo. No será raro que diferentes capas del sistema, asistentes, editores de imagen, herramientas de productividad o funciones de privacidad necesiten sus propios recursos locales.

Esto significa que el almacenamiento mínimo de un smartphone ya no puede calcularse pensando solo en el usuario tradicional que instala algunas aplicaciones, hace fotos y guarda vídeos. Ahora hay que reservar espacio para modelos de IA, actualizaciones, duplicados temporales y servicios del sistema cada vez más complejos.

Los 128 GB podían tener sentido cuando el sistema era más ligero, las cámaras generaban archivos más pequeños y la IA dependía casi por completo de la nube. Ese escenario ha cambiado.

 

El usuario acaba pagando la transición a la IA

El avance hacia teléfonos más capaces en IA llega en un momento complicado para la industria. La demanda de memoria para centros de datos de inteligencia artificial ha presionado la producción de componentes, especialmente memoria de alto rendimiento. Esto repercute también en el coste del almacenamiento y en las decisiones de configuración de los móviles.

Para los fabricantes, subir todos los modelos base a 256 GB implica asumir mayores costes o trasladarlos al consumidor. Algunas marcas optan por subir el precio de entrada. Otras mantienen los 128 GB para conservar una cifra de partida más atractiva.

En ambos casos, la presión acaba llegando al comprador. Si el fabricante sube el almacenamiento mínimo, el precio puede aumentar. Si mantiene 128 GB, el usuario puede verse obligado a pagar más por una configuración superior para evitar problemas a medio plazo.

La cuestión es que, en la era de la IA, elegir 128 GB ya no parece una forma inteligente de ahorrar. Puede ser una decisión que acabe pasando factura antes de lo esperado.

 

Desactivar AICore no debería ser la solución

Algunos usuarios pueden recuperar espacio desactivando AICore o limitando sus funciones. Sin embargo, esa solución tiene un problema evidente: implica renunciar a parte de las características por las que el teléfono fue vendido.

Si un móvil se promociona como un dispositivo con funciones avanzadas de IA, no resulta razonable que el usuario tenga que apagarlas para poder instalar aplicaciones o liberar almacenamiento. La responsabilidad no debería recaer en quien compra el dispositivo, sino en quien decide venderlo con una capacidad base insuficiente.

La inteligencia artificial local puede ser una mejora real, pero debe venir acompañada de una configuración de hardware coherente. De lo contrario, la experiencia se convierte en una sucesión de compromisos: borrar vídeos, vaciar cachés, eliminar apps o desactivar funciones inteligentes para que el teléfono siga siendo usable.

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Sobre el Autor
Luis A.
Luis es el creador y editor jefe de Teknófilo. Se aficionó a la tecnología con un Commodore 64 e hizo sus pinitos programando gracias a los míticos libros de 🛒 'BASIC para niños' con 11 años. Con el paso de los años, la afición a los ordenadores se ha extendido a cualquier cacharrito que tenga una pantalla y CPU.
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